Sobre el Bicentenario

27 mayo, 2010 | Categorías: Pensamiento Político Prensa y Difusión

Sesión especial por el Bicentenario – 26 de mayo de 2010

El bicentenario puede quedar sólo en una efeméride, o disparar nuestras potencialidades adormecidas. De nosotros dependerá que esas potencialidades despierten, o que la conmemoración se siga amontonando en nuestros generosos archivos de retrocesos y festejos infecundos.

Cuando se celebró el centenario en el país no regía la democracia plena. Las diferencias sociales eran mayúsculas y no se respetaban los derechos humanos que hoy nadie discute.

El sistema crujía con violencia y el interior del país no recibía los beneficios que concentraba el puerto. Sin embargo se vivía un clima de optimismo y el reflejo externo era de un promisorio futuro para nuestro país.

De mantener la curva de crecimiento 1870-1914 o 1960-1974, hoy estaríamos entre los más altos ingresos por habitante del mundo. El aluvión inmigratorio era de compleja asimilación, pero el trabajo alimentaba ilusiones de progreso y ascenso como fruto del esfuerzo.

Venían, porque nuestro producto per cápita era del doble de los lugares donde habían nacido. La tasa de analfabetos en Argentina era del 35 %, en Italia del 48 % y en España del 59 %.

Pasaron 100 años. Hemos recuperado la democracia y no hay posibilidades de un retorno al autoritarismo.

El sistema funciona y una mujer preside los destinos de la patria, cuestión impensada en 1910.

También debemos destacar los avances verificados en todos los órdenes, sin embargo la percepción de estos días, compartida por la mayoría de nuestros compatriotas, y también desde afuera, pareciera ser la del desencanto, como reflejo seguramente de nuestros interminables desencuentros.

Ser proveedores de productos con escaso valor agregado nos ha empobrecido, porque participamos de un intercambio desigual con el mundo. Este empobrecimiento, además, agranda asimetrías entre regiones del interior y ha impedido la movilidad social.

Es tan cierto lo afirmado que en 1910 teníamos una participación manufacturera un 30 % mayor que Brasil y México. Hoy las diferencias en volumen y grado de industrialización resultan apabullantes en nuestro desmedro.

También podemos compararnos con los países asiáticos, que en los años 60 apenas conocían el automóvil, y hoy son los principales productores mundiales, y auto flagelarnos inútilmente, pasando de la euforia autocomplaciente a la negatividad represiva. O ser inteligentes y sacar conclusiones de la lección que en las calles nos dio el pueblo en estas jornadas celebratorias.

Los talentos científicos argentinos son reconocidos y atraídos en los centros de excelencia. Somos pioneros en el desarrollo nuclear, pero sin desarrollo industrial acelerado, lo que surge de las ciencias básicas y laboratorios experimentales, no se la abona ni explota en los procesos productivos.

En 1990 Argentina, China y Brasil tenían cinco patentes biotecnológicas. Cinco años antes de cumplir nuestro bicentenario nuestro país superó las 20, pero Brasil alcanzó las 50 y China está por las 150 patentes en biotecnología. El ritmo del desarrollo se manifiesta en todos sus indicadores, y cuando no es solo crecimiento, se sostiene y se proyecta.

Como político reconozco que debemos hacernos cargo de lo que implicó la claudicación de las dirigencias y la incapacidad para configurar una estrategia de Nación para sacar provecho en la aldea global de los prodigiosos adelantos destinados a ampliar el desenvolvimiento de la libertad y la igualdad de las personas.

Estar entre las primeros cinco naciones, con un PBI que nos ubicaba en un octavo lugar y tener los más altos niveles de educación primaria fue una foto brillante que nos permitió hace 100 años proyectar desde revistas alfabetizadoras a premios Nobel.

Pasar en un lustro de importar trigo a ser granero del mundo permitió un crecimiento asombroso que se manifestó haciendo cambios en el sistema político y mucho más tarde en la legislación laboral.

Verificar que nuestro ingreso por habitante bajó al 55º lugar y que en comprensión de lectura estamos en el lugar 53º entre 57 naciones precipita sentimientos que debemos encauzar con un programa que mancomune voluntades y articule intereses públicos y privados.

Si en la Argentina el 58 % de nuestros jóvenes que van a la escuela no pueden comprender lo que leen, mientras en Corea o en Finlandia la cifra es solo del 6 %, no aprovecharemos acabadamente la computadora que se anuncia para cada chico.

Se trata de romper este círculo empobrecedor, que nos desliza en un tobogán muchas veces eludido con atajos institucionales pero con dolorosos resultados.

Hemos sido campeones en simplificar los problemas echando siempre la culpa a los demás, como una cobarde manera de eludir la responsabilidad y el compromiso de acordar un modelo nacional de desarrollo que desechara para siempre la estafa de la demagogia, el ardid de la mentira, la prodigalidad del despilfarro, el desconocimiento sistemático del desconocimiento nacional o la torpeza canalla de arraigar la pobreza agravando la condena social de millones de compatriotas sumergidos a la elemental condición de excluidos y marginados.

Como en una competencia de impericia sin fin, hemos pasado del populismo que nos ancla en ineficiencias, al monetarismo aperturista que nos invita a comprar trabajo importado. La creación de trabajo como el mayor capital de las naciones ha sido torpemente soslayado por un gasto público sin prioridades. Y su contratara, el ajuste indiscriminado, que siempre fue el preludio de la inflación, del endeudamiento y de su consecuencia más feroz: la indigencia inmovilizante a la que son condenados sus víctimas.

La decadencia es el fruto de semejante desatino, que siempre ha llegado de la mano de la improvisación voluntarista.

El subdesarrollo, que siempre es una renuncia, porque para emerger hace falta decisión, transfiere riquezas al exterior, despojando de la cultura del trabajo y cercenando oportunidades a las nuevas generaciones. Y también agrandando las asimetrías entre las naciones, porque quedan en el puerto las ganancias de un intercambio desigual con quienes nos venden productos manufacturados con trabajo y tecnología incluida.

No es casual que tengamos casi 2 millones de desocupados, el 40 % de los trabajadores en negro, miles de subsidios y seguros de desempleo, el 30 % de trabajadores con ingresos por debajo de sus necesidades, indigentes arracimados en los conos urbanos a merced del clientelismo.

Entonces participábamos con el 2,5 % del comercio mundial, ahora somos solo el 0,2. Pero siempre proveyendo bienes de menor valor. Es cierto que la desnacionalización y relocalización en otros países de emprendedores nos pegó en el corazón. Ese retroceso industrial impide el ensamble con el millón de estudiantes que aprenden en nuestros establecimientos de educación superior.

La incorporación al mercado laboral de semejante volumen de inteligencia y conocimiento demanda inversiones en sectores dinámicos porque más de 400 mil jóvenes anualmente pugnan por aplicar sus talentos. Si se fugan 45 mil millones de dólares allí también se fugan las posibilidades de nuestros jóvenes.

Con 900 mil chicos que no estudian ni trabajan el objetivo no puede ser otro que lanzar un programa de capacitación que los incluya, pero eso requiere un proceso de inversión con estímulos fiscales y crediticios.

Apoyar a los productores del campo y el complejo alimentario, atraer inversiones para agregar valor diversificando importaciones, integrar el territorio y un mercado interno con salarios dignos, utilizar los fondos públicos que se extraen del sector productivo para mejorar la productividad y competitividad, son los temas sobre los que debemos acordar quienes recibimos el mandato de representar al pueblo. También los sectores del trabajo, empresarios, profesiones y de la cultura.

El mejor programa es el que todos sienten como propio, no impuesto, sino fruto de una dirigencia política, de empresarios y trabajadores que sepan que el bien común es una meta y que para alcanzarla se requiere premiar el riesgo inversor, el trabajo, la capacitación, y la excelencia, que no se logran de un día para otro.

Las crisis internacionales pueden requerir un estado con mayor ingerencia, lo que no significa estatismo que asfixie a la iniciativa privada, ni negación de la circulación de bienes ni ideas, sino encausamiento de las fuerzas que pueden resultar depredadoras sin control.

Hay que entender que ninguna economía tolera sin costo que el Estado decida hasta el margen de las ganancias de las empresas. Y que solo la inversión y la competencia hacen grandes a las economías que tienen un rumbo.

Nuestros anhelos y nuestros sueños truncos no son la consecuencia de haber estimulado pensamiento crítico ni de haber respetado la libertad de expresión, con la diversidad de opinión. Por el contrario, estas garantías constitucionales que incluyen el derecho a criticar el poder y el acceso a la información pública han sido los argumentos de la ciudadanía para impulsar el progreso de la Nación.

Encontrar a la prensa y a la libre circulación de las ideas como los responsables de nuestros fracasos forma parte de una cultura autoritaria y refractararia que pretende imponer a la Nación un punto de vista, una sola mirada

No existe ninguna posibilidad de manipular conciencias en una sociedad global abierta y plural en la que convivimos. Por el contrario, esta torpeza táctica hará que el hombre común se retraiga y disminuya su espíritu creador, del que solo es fecundo en libertad.

Resulta inconveniente que desaprovechemos nuestras experiencias pasadas, que a partir de luchas sangrientas y del triunfo de la razón por sobre la espada hicieron posible configurar ideas y proyectos. Tanto institucionales como culturales, que lograron unificar la idea de la nacionalidad en una sociedad plural, abierta y democrática. En este terreno debemos reconocer a Moreno en su ideario, a San Martín con su estrategia continental, a Belgrano con su propuesta productiva, a Alberdi con su formato constitucional para legalizar la unidad territorial, donde nos duele Malvinas y quienes honraron sus vidas en ese suelo.

Pensar la educación que con valores y saberes otorgue conocimientos para mejorar la vida humana y concretar sus anhelos personales en una sociedad que los demanda y los debe premiar, acordar un programa para explotar recursos dormidos, reflexionar y sancionar una equitativa distribución de riquezas y obra pública, son materias pendientes.

La nacionalización del movimiento obrero y su ingerencia en el escenario, iniciada por Yrigoyen y plasmada por el peronismo, tanto como la democratización asumida como un proceso sin retroceso, desenvuelta por el tenaz compromiso de Raúl Alfonsín con las libertades públicas, el juzgamiento de las juntas y el cierre del conflicto del Beagle ya son un patrimonio de todos, una plataforma para luchar por el efectivo goce de estos derechos, a elegir libremente, a vivir con dignidad.

Es hora de asumirnos como los constructores de una sinergia entre la orgullosa Capital que es de todos y las provincias, prosperando armoniosamente, sin estimular divisiones, sacando provecho de nuestras potencialidades.

Somos hijos de toda la historia que no puede amputarse arbitrariamente.

Tenemos la oportunidad de escribir un capítulo mejor.

En el Centenario, el sistema político era para unos pocos, pero desde el Estado y la oposición ya se estaba pensando y acordando un cambio transformador en el sistema político, que desembocó en el voto universal y secreto.

El analfabetismo y los extranjeros que llegaban con su cultura podrían haber sido foco de segregación. Sin embargo, ya la escuela sarmientina lograba la integración del inmigrante a la cultura nacional. La ley 1420 fue el paradigma de un tiempo; la educación técnica del siguiente; el conocimiento integral el de estos días.

Hoy, no obstante el tiempo transcurrido, los desafíos son similares, con la lógica de la evolución acumulada. Tenemos que crear empleos de alta calidad, sembrar semillas para el estudio de la ciencia y la investigación, profundizando los programas de educación superior, de manera que el anhelo productivo vaya acompañado por el entrenamiento de cientos de jóvenes que mantengan el potencial de transformación necesario para que la economía mejore las condiciones de vida de nuestro pueblo.

La unidad nacional es un pre-requisito para lograr estos objetivos. Exhorto a nuestros colegas a no seguir perdiendo el tiempo y debatir sobre los temas que son comunes a todos.

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