Honrar los principios legados por Raúl Alfonsín
La muerte de Raúl Alfonsín me despierta como ciudadano un sentimiento de gratitud que comparto con millones de compatriotas.
La vida del ex Presidente fue el itinerario de una militancia destinada a arraigar la soberanía popular, garantizando ese derecho sagrado de elegir y ser elegido aún a quien habitara el más modesto y alejado rincón de nuestra Patria.
A quienes integramos segmentos dirigenciales nos atañe particularmente un compromiso con esos valores: el funcionamiento institucional en la República, el apego a la ley, las garantías individuales, la vigencia del federalismo y la lucha por el bienestar de nuestro pueblo. En estos valores se ilumina el legado de un ser humano que consagró su existencia a la práctica de la política en su sentido más noble, y que deja su posta impregnada con su impronta, pero con los requerimientos y demandas que le dan contenido y continuidad a sus ideales.
Sin democracia plena y con equilibrio de poderes, sujetos a reglas de juego estables y equitativas, los pueblos no conviven en paz social ni asumen como propias las causas de la Nación. El desafío que nos deja la muerte de un verdadero estadista es el de abordar los problemas concretos de nuestro tiempo, desmenuzando los nubarrones que se ciernen sobre la Nación.
El diálogo, la concordia, el respeto por la diferencias y la búsqueda de acuerdos hacia una convergencia de intereses y anhelos son premisas de su ideario e instrumentos del presente que debemos administrar. Por cierto, ello no significa abandonar los matices ideológicos que nos identifican y sin los cuales los partidos politicos pierden toda referencia para convocar la confianza entre quienes aspiran a desenvolver sus talentos en igualdad de oportunidades.
Alfonsín nutrió a su partido de conceptos porque sin ellos se pierde previsibilidad lastimándose y credibilidad como espacio de participación, construcción colectiva y formación de dirigentes para generar la saludable alternancia y el adecuado uso del poder. Alfonsín trazó líneas rectoras, afrontó como pudo la realidad de su tiempo y planteó como objetivo plasmar la Unidad Nacional.
Despojados de la natural congoja y sin caer en nostalgia retórica, nos queda trabajar para caminar mancomunados en esa dirección. Tenemos que configurar un programa de desarrollo armónico, que integre el aparato productivo, vertebre las regiones signadas por asimetrías incluyendo a sectores marginados con irritantes desigualdades.
Esto no significa uniformidad ni considerar una única mirada, sino la virtud de hacerlo desde la grandeza, con la voluntad de terminar con la injusticia, el subdesarrollo, la exclusión y la devaluada presencia internacional por no emplazar correctamente los intereses de nuestra Nación.
Alfonsín reconstruyó sobre las ruinas y el dolor del abandono el sistema democrático que pudo presenciar afianzado. Nos queda la responsabilidad de dar un salto de calidad en el funcionamiento de ese sistema para que aquel empeño no desluzca en el desencanto y una nueva frustración. Su aporte a la historia lo inscribe en la galería de próceres venerados, pero la historia sigue su curso y será impiadosa para quienes no lo honren con la honestidad que corresponde.