¿Para qué proyecto de nación enseña nuestra universidad?

28 febrero, 2008 | Categorías: Pensamiento Político

El desafío educativo, “inteligencia para el desarrollo”, debiera emplazar sus objetivos para modificar aquella concepción que implícitamente acepta que para un país productor de bienes primarios alcanza con una universidad que eduque alumnos y entrene profesionales en aquellas disciplinas vinculadas con nuestro perfil agro-exportador.

Las circunstancias excepcionales que la economía global ha producido en nuestro beneficio nos vuelven a conceder un tiempo re-fundacional que ya no podemos malversar reiterando anacrónicos desencuentros. Es tan notoria nuestra inmadurez que desde hace más de 100 años no logramos superar aquel debate inicial entre Sarmiento y Alberdi, cuando en las célebres cartas “Quillotanas” planteaban si la alternativa educativa era “formar trabajadores o formar ciudadanos”.

Desde entonces, y a pesar de los reiterados fracasos, el país consolidó un modelo agro-exportador que cristalizó la primarización de nuestra economía, determinando un grave desapego para producir bienes basados en el conocimiento y la innovación. Hoy, en un mundo competitivo y sofisticado, este pecado nos condena a transferir cada vez más divisas a los países desarrollados para compensar aquella brecha tecnológica que no hemos sido capaces de disminuir.

En las últimas décadas, hemos destinado 40 mil millones de dólares a la formación de científicos que emigraron, calculándose en siete mil los investigadores que residen en el extranjero. Por ello, superar aquel modelo, hoy vigente pese a saludables cambios, significa superar este prototipo que ha actuado como un asombroso concentrador de riqueza, donde se encuentran los recursos naturales o donde están las aduanas de salida de las mercancías.

El desafío educativo “inteligencia para el desarrollo” presume que desde el laboratorio que representa cada cátedra, desde el talento y la dedicación de docentes-investigadores, desde el ámbito de la contradicción del pensamiento pero también desde la inquietud científica y la capacitación tecnológica, se impulse un proyecto que cambie ese rumbo; que nos permita superar nuestro apenas maquillado perfil pastoril, promoviendo un aparato productivo diversificado, sofisticado e integrado, agregándole el valor del conocimiento y de la ciencia aplicada a través de la innovación permanente. En este caso estaríamos auspiciando la construcción de una universidad distinta, más asociada a nuestras necesidades estratégicas que al derrotero que nos persigue sin pausa.

El desafío que nos plantea la realidad

La sociedad debería conocer que en 2004 se graduaron 500 mil ingenieros en China, 200 mil en la India y 70 mil en Estados Unidos. Como contrapartida, Argentina, en los últimos 20 años, ha disminuido su participación en el mercado global de alta tecnología.

El desafío supone entonces fortalecer nuestro perfil agro-exportador con el desarrollo de un modelo industrial, integrado y diversificado. Este cambio sólo resultará sustentable si todos sus actores -educativos, gubernamentales y productivos- incentivan en el aula valores que sean reconocibles fuera de ella. Nuestros jóvenes necesitan vincular su aprendizaje con su destino.

Este es el prototipo que responde al interrogante planteado en la célebre discusión de las cartas “Quillotanas”: hay que entrenar ciudadanos aptos para integrarse en un ámbito donde sus capacidades laborales sean requeridas y reconocidas y además ese ámbito sea el que hoy reclama una nación que debe dejar de ponderar sus ventajas comparativas para comenzar a construir ventajas competitivas en un mundo donde las supremacías estarán concentrada en la economía del conocimiento.

Las mismas preguntas, sin respuesta.

¿Es posible aspirar a incorporarnos a la sociedad del conocimiento con dos matemáticos por cada 100 abogados egresados por año? ¿Multiplicaremos la natural feracidad de nuestros campos graduando el doble de psicólogos que técnicos agropecuarios? ¿Es pensable potenciar la explotación de nuestros recursos mineros y forestales con una decena de ingenieros en minas y medio centenar de profesionales especializados en manufactura forestal? ¿Podremos afrontar el desafío energético con pocas decenas de ingenieros en petróleo? ¿Es posible encarar el aprovechamiento marítimo explotando recursos ictícolas, de gas y petróleo con un egresado al año en ingeniería naval? Estos interrogantes nos obligan a repensar y repetir: ¿para qué Nación enseña nuestra Universidad?, pregunta que podría ser una hoja de ruta a la hora de planificar la oferta educativa universitaria.

El objetivo de capacitación para el desarrollo de la Nación implica cambiar este porcentaje del estancamiento y de fuga de talentos alterando la ecuación que indica que el 85 por ciento de los egresados universitarios corresponden a las carreras tradicionales y menos del 15 por ciento se inscribe en las carreras “prioritarias”.

Los gobiernos, los segmentos productivos y las universidades, como advierte el informe americano (elaborado por las academias nacionales de ciencias e ingeniería, las universidades de todo el país, tres premios Nobel de Física y todas las asociaciones industriales), “no pueden desentenderse de la necesidad de preservar y fortalecer la inversión en investigación básica de largo plazo en todos los campos de las ciencias y las ingenierías, ya que éstas son las que generan el potencial de transformación que mantiene el flujo de nuevas ideas que alimentan la economía, proporcionan seguridad y mejoran la calidad de vida”.

Hay que entenderlo de una manera sencilla: la economía puesta al servicio del hombre, junto con la educación, que son agentes culturales determinantes, son el más extraordinario factor de igualación social conocido. La innovación tecnología y el desarrollo científico actúan de igual manera en la medida en que sean utilizados para disminuir la brecha entre ricos y pobres.

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