Ley de Educación – Sesión 14/12/2006

14 diciembre, 2006 | Categorías: Pensamiento Político

Una ley no cambia la realidad si la sociedad y sus actores educativos y productivos no incentivan dentro de la escuela valores que sean reconocibles y fructíferos fuera de ella.

Creo que para dar este salto trascendente hace falta no sólo una nueva ley de educación sino interrelacionar todas las políticas del Estado que a mi juicio son determinantes, y entre ellas, impulsar una escuela que esté asociada al rasgo productivo del país, que le permita al alumno relacionar su destino vital con el aprendizaje que recibe, y además, como política de Estado, volver a tener docentes capacitados que sean referentes sociales y no simples empleados públicos desjerarquizados, desmotivados, mal entrenados y mal pagados.

Esta ley además, hace demasiado hincapié en el método educativo cuando en realidad los que verdaderamente importa es la calidad educativa y que la educación esté orientada a formar personas que aprendan a aprender, a razonar, a pensar, para poder descifrar el cúmulo de información que hoy al joven le llega por infinidad de vías. Esto le permitirá construir su pensamiento crítico, desarrollar capacidades, cualidades, habilidades y potenciar valores que le resultarán imprescindibles para su desarrollo como persona y para convivir en un mundo interrelacionado que pondera no sólo la autonomía personal sino las capacidades y habilidades para la creación y la innovación permanente. Reconocemos como verdadero que la instrucción promueve el conocimiento de lo que hay. Pero este reconocimiento es válido si aceptamos que la educación se basa en ella para conseguir destrezas y hábitos que permitan el desarrollo del joven en el ámbito donde se encuentra. Sin duda que la pompa de esta ley no alcanzará para torcer la mediocre realidad educativa que padecemos, que es determinante de nuestra marcha sin rumbo. Esta ley quedará solo en eso, un instrumento para el auto elogio de los que la redactaron, que comparten el escenario con los aduleros que la aplauden, pero sin coraje para cambiar y determinar un nuevo destino.

“El debate de la política educativa de un país obliga a proyectar la sociedad a la que aspiramos. Es así porque existe unanimidad sobre el valor estratégico de la educación.

Esta es la razón por la que nuestra mirada debe contemplar los intereses de toda la comunidad. También es la causa en la que se funda mi impugnación de fondo a este proyecto, ya que este ámbito de la representación popular ha sido obviado de la discusión de la iniciativa, con lo cual se la privó de ser enriquecida con los aportes de los que podemos tener otra visión.

Tampoco se registró la opinión fundada en la experiencia del resto de la comunidad, que para que la asuma como propia no debe observarla como un experimento que le resulte extraño.

Es así por aquello de que la educación no es solo una cuestión de pedagogos ni tampoco es un problema de la política solamente. Por ello, si la estrategia de la Nación depende de este proyecto de ley, debo impugnarlo, por no haber sido capaz de receptar la complejidad de la realidad que vivimos, tal como lo reconoce el propio viceministro de educación de la Nación cuando afirma que todos los estudios son indicativos de que casi el 80 por ciento de la explicación de los resultados del aprendizaje están asociados a variables externas a la escuela.

Pues bien, ese 80 por ciento al que alude el secretario de Estado ha quedado al margen del proceso de construcción de este proyecto.

Es por esto también que este debate debe darse simultáneamente con el de un nuevo proyecto de Nación. Es claro que esta afirmación es evidente, y lo es simplemente porque ésta es una de las pocas herramientas con que contamos que pueden mejorar, cambiar o modificar nuestra matriz estratégica y la igualdad de oportunidades de nuestros hijos.

Reconozco la preocupación del equipo educativo, como también apreciamos que este proyecto sea superador de la ley federal de educación sancionada en los 90, a la que expresamente deroga. Pero también resulta indudable que existe al menos una falta de visión para pasar del discurso teórico a la gestión aplicada.

Es obvio que de este debate y del dilema a resolver por nuestra generación dependerá que Argentina pase de un estado de crónica ineficiencia en las metas de su sistema de enseñanza a una fase donde se consagre el anhelo de todos por lograr competitividad educativa.

Este dilema al que aludo significa resolver si queremos pasar de una escuela expulsiva, de mediocre oferta educativa por falta de organización y de capacitación de sus protagonistas -que necesita de incentivos económicos para retener al chico en el aula aun a costa de no lograr involucrarlo en el proceso de su propia formación-, a una escuela donde se coloque el aprendizaje en el centro del escenario y el chico aprenda a aprender, a razonar, a pensar, a relacionar su conducta con sus resultados y donde la retención del chico en el aula sea visualizada como resultado del convencimiento de ese estudiante del valor estratégico que el aprendizaje tiene para la formulación de su propio destino.

Creo que para dar este salto trascendente hace falta no sólo una nueva ley de educación sino relacionar políticas de Estado que a mi juicio son determinantes, y entre ellas, impulsar una escuela que esté asociada al rasgo productivo del país, que le permita al alumno relacionar su destino vital con el aprendizaje que recibe, y además, como política de Estado, volver a tener docentes capacitados que sean referentes sociales y no simples empleados públicos desjerarquizados, desmotivados, mal entrenados y mal pagados.

Es cierto que esto no se consigue de un día para el otro y que tampoco puede ser obra de una sola gestión de gobierno ni aun de una sola generación de argentinos. Estamos en un tiempo propicio, con un gran impulso, que nos moviliza para iniciar esta marcha que nos debemos.

Sería una necedad desaprovechar este tiempo no logrando construir un proyecto compartido de Nación. Quiero decir también que esta meta no es imposible y que hay muchos en el mundo que la consiguieron, mientras nosotros nos enredábamos en estériles desencuentros.

Por eso hay cosas en las que tenemos que cambiar, entre ellas, animarnos a construir juntos un proyecto de Nación que nos involucre a todos por igual, como también abandonar esta locura de un país que no fomenta el espíritu emprendedor de sus hijos ni el valor estratégico de la cultura del esfuerzo y de la multiplicación de la riqueza.

Obviamente, sin modificar estas pautas, será imposible insertarnos fecundamente en un mundo con espíritu capitalista. Asimismo, al no haber una consolidada burguesía nacional, nadie defiende el interés de nuestros productores, de la multiplicación de nuestra riqueza y de su equitativa distribución.

Aunque parezca increíble, estos temas ya fueron planteados hace más de un siglo por Sarmiento y Alberdi en las célebres cartas quillotanas. Permaneció en el tiempo una supuesta y estéril antinomia entre formar trabajadores o formar ciudadanos, como si fuera posible desligar al hombre y su trabajo del ámbito donde convive con sus semejantes.

Lamentablemente, desde entonces hubo un abismo entre el universo de la educación y el del trabajo, cuando ambos deben ser constitutivos de la identidad cultural de un pueblo. Hay una cultura del subdesarrollo donde se frustran talentos y las herramientas con que se cuenta no alcanzan para romper la inmovilidad del atraso.

También se puede edificar una cultura del desarrollo donde el programa de gobierno atraiga inversiones de riesgo en los sectores más dinámicos y de largo plazo, otorgando otras tecnologías más productivas para que el hombre produzca mejores bienes, obtenga más beneficios, disponiendo de más tiempo para su disfrute y de más oportunidades para esparcimiento y actividades recreativas.

La escuela es formativa tanto como la familia, pero los alumnos serán ciudadanos, padres y dirigentes, que deben aplicar sus conocimientos creativa y fecundamente en una comunidad atravesada por los medios de comunicación.

Por ello, una política educativa no puede ser diseñada solamente por los especialistas, cuyo aporte es técnicamente indispensable, sino que debe articularse con los sectores que la demandan.

En el diseño y el control de la oferta educativa debe estar presente la sociedad, que requiere el concurso de la innovación y además contribuye con sus impuestos para financiarlo. A un país productor de bienes primarios le alcanza con educados en conocimientos para limitadas actividades. En este sentido, nos alcanzaría con seguir entrenando médicos, abogados, contadores, ingenieros civiles o profesionales de aquellas disciplinas vinculadas con nuestro perfil agroexportador. Si por el contrario ese país productor de bienes primarios pretende generar un proyecto educativo disociado de las transformaciones productivas, pueden esos educados ser subutilizados o formados para emigrar a otros destinos.

En cambio, una Nación que tiene un proyecto común para integrar su aparato productivo y vertebrar sus regiones con igualdad de oportunidades para sus hijos, ensambla sus técnicos y profesionales en una estructura industrial diversificada que los aprovecha, transformando conocimientos y talentos individuales en capital social.

En este proceso sí encontrarán ocupación y demanda aquellos jóvenes entrenados en todas las disciplinas acordes a sus vocaciones. Por ello, saludo los cambios incluidos en este proyecto en cuanto son superadores de la escandalosa desorganización y desintegración que provocó en el sistema la ley federal de Ecuación, como también la expectativa generada por la reapertura de institutos técnicos. Pero ello, por las razones expresadas, puede resultar inocuo porque registra sólo la mirada de los pedagogos y no la del conjunto, especialmente en los sectores que requieren otra educación para optimizar su productividad.

Ello no significa caer en utilitarismos sino dotar a las nuevas generaciones y a las que han quedado en el camino de mejores herramientas para la lucha diaria. Se trata de enriquecer los contenidos, entusiasmar a los alumnos y estimular la formación docente con la fascinante posibilidad de realización personal en una sociedad que reconozca ese esfuerzo y retribuya la dedicación.

En este aspecto advierto que el necesario consenso con el gremio docente contiene un contrasentido con el mejoramiento continuo y el desempeño profesional. El salario docente, indispensable para el salto de calidad, debe estar garantizado en términos presupuestarios y en apoyos controlados para las provincias escasas de recursos tanto como de equipamiento e infraestructura.

Estas son las inversiones que no pueden hacer los países que se empobrecen, por lo que el proceso de desarrollo se nutre de la educación y la solventa. El sistema educativo debe coadyuvar a modificar la matriz que transfiere riqueza al exterior, como admitió la ministra de Economía al expresar que exportamos por un valor de 465 dólares la tonelada e importamos por 1.460 dólares.

En este contexto, achicar esta foto del subdesarrollo supone revertir nuestra matriz productiva, es decir, pasar de una economía productora de bienes primarios a la producción de bienes con un alto componente de valor agregado, lo que significa incorporarle trabajo, conocimiento e inteligencia.

Si no contribuye a ese cambio, el sistema educativo tampoco habrá servido a quienes terminan el ciclo, ni será atractivo para aquellos que deben ser reincluidos.

Seguramente se reproducirán las desigualdades sociales, aquellas de nivel de conocimiento y las de oportunidades que gatillan ese 50 por ciento de deserción del ciclo secundario, que no se achicará con voluntarismo ni apelaciones al deber ser; pero tampoco puede premiarse la mera antigüedad por sobre el desempeño y la capacitación, porque el premio en ascenso, función o salario para quien más se califica y prepara también se refleja formativamente en los niños.

Una ley no cambia la realidad si la sociedad y sus actores educativos y productivos no incentivan dentro de la escuela valores que sean reconocibles y fructíferos fuera de ella.

Por ello, esta ley debería ser un punto de partida que, en forma simultánea con el programa económico, ataque las causas de nuestro retroceso y de nuestra tragedia social, atrayendo inversiones y generando riqueza para poder pagar salarios dignos a los docentes y sostener becas estudiantiles. Esto, a fin de ofrecer un horizonte a quienes educan en la cultura del trabajo y la responsabilidad del esfuerzo, pues finalmente es esa cultura la que permite que el hombre extraiga beneficios de la naturaleza y en ese camino se realice en plenitud.

No obstante la falta de debate generalizada que este proyecto ha soslayado y simulado, espero que en su implementación se corrijan sus déficit para que esta generación de argentinos a la que pertenecemos pueda en un tiempo cercano proclamar que se ha dado un paso indispensable en la construcción de una Nación en la que el destino de cada uno de sus hijos esté vinculado con el destino del otro.

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